Cuando vas al Soplao por tercera vez, ya sabes a lo que vas. Nosotros, como entreno, el fin de semana anterior lo tuvimos completito. El sábado habíamos organizado una pequeña cronoescalada con los compañeros del club, como excusa perfecta para ir a desayunar y, de alguna manera, encontrar un punto de unión entre los que, normalmente, salimos en carretera y los de montaña. La mañana pasó de forma amena y divertida.
Al día siguiente, habíamos decidido hacer una ruta larga por montaña. Consistía en ir desde Sant Feliu de Llobregat hasta el Turó de l’Home y, luego, bajar a Sant Celoni, donde se había dejado estratégicamente una furgoneta, que nos llevaría de vuelta a casa. Salían casi 140 kilómetros con 4000 metros de desnivel positivo.
Como el día se preveía largo, empezamos la ruta muy temprano. La temperatura era perfecta para el pedaleo, ni mucho frío ni mucho calor. Fuimos haciendo paradas técnicas durante la ruta: para comer y estirar piernas. Poco a poco, fueron pasando los kilómetros... Pero, a medida que pasaban las horas, podíamos comprobar que las nubes iban ganándole terreno al sol. Aun así, ni se nos pasó por la mente el dejar de dar pedales… ¡Ya casi estábamos! A seis kilómetros de coronar, una niebla intensa nos impedía ver más allá de dos metros y la piel quedó cubierta de gotitas de agua por la humedad. Por fin, llegamos arriba.
Los que habían coronado primero, pudieron hacerse algunas fotos para inmortalizar el momento, pero yo no estuve a tiempo… Tampoco me preocupaba eso, ya que habían bajado en picado las temperaturas, empezaba a llover y mi “superchubasquero” lo tenía en casa. Lo único que podía pensar en ese momento es que había que llegar a Sant Celoni lo antes posible.
Al poco de empezar el descenso por carretera, comenzó una rabiosa tormenta, con granizo, rayos y truenos incluidos. Con lo friolera que yo soy, decidí que, bajando, tenía que mover brazos y piernas para mantener el calor y así lo hice hasta que llegamos a la furgoneta. En todo el descenso no dejó de llover, así que llegué helada y calada hasta los huesos, como el resto de mis compañeros. Una vez allí, toalla y calefacción a tope, pero la tiritera tardó en irse un buen rato…
Al final, la ruta se había convertido en una auténtica odisea y, a la vez, un magnífico entrenamiento psicológico para el Soplao. Durante la semana, empezamos a seguir la previsión meteorológica de la zona, y cada día que pasaba era peor. Iba a llover fijo.
El día D, estamos en Cabezón de la Sal, en la linia de salida. Esta vez, bien equipados: con chubasquero, ropa de abrigo y ropa de recambio. Preparados para mojarnos de nuevo. Empezamos a dar pedales y nos adentramos en el camino. Ha estado lloviendo durante toda la noche y el terreno está impracticable. Demasiado barro para tan poca técnica. Tengo que bajar y patear un buen rato. Mis bambas no están preparadas para caminar en este terreno. Se hunden en el barro y, cada vez que levanto el pie, me rozan los talones. No tardo mucho en tener una llaga en ambos pies que me molesta enormemente y me impide andar más rápido. Además, tengo barro hasta en las cejas...
Cae una lluvia fina, la típica “cántabra” que no cesa y que a veces, es más intensa. Llega un momento en que el chubasquero ya no hace su función. Estoy mojada por dentro. Tengo los guantes y los calcetines empapados y la temperatura también está bajando. Los kilómetros transcurren muy lentos por el barrizal en el que estamos metidos. La gente se cae subiendo, porque les patina la rueda trasera. La cosa no pinta nada bien…
En uno de los avituallamientos, veo un coche-ambulancia que me cura los pies. Las caras de la gente que nos rodea son un auténtico cuadro. Escucho gente que pregunta como se hace para volver a Cabezón y, en ese preciso instante, decido que yo también haré lo mismo. Me retiro y, sin embargo, no tengo remordimientos como el primer año. La semana pasada ya había aprendido que con la naturaleza no se juega y que, a pesar que creamos estar muy fuertes, al mismo tiempo, podemos ser muy vulnerables…
Mi pareja decide hacer lo mismo para acompañarme, a pesar de que él soporta mucho mejor el frío. Durante el recorrido de vuelta, vemos un camión de bomberos y dos vehículos del cuerpo de rescate que van en sentido contrario al nuestro. No pasamos ni por meta, porque no tiene ningún sentido. Nos metemos en la habitación, nos duchamos y nos cambiamos. La lluvia sigue sin descanso y, ya a buen resguardo, no paramos de escuchar sirenas de ambulancias que van y vienen.
Más tarde, nos enteraríamos de que arriba, en Palombera, había una sensación térmica de -3ºC, que había granizado de lo lindo y que la organización había recortado el recorrido ya que los servicios médicos no daban abasto para atender tantas hipotermias. De nuestros compañeros del club, solo uno ha logrado la gran hazaña de terminar el recorrido completo…. Todo esto, me reafirma. He tomado la decisión correcta y, por eso, no me arrepiento. Ahora toca pensar en los próximos retos.
