Cada vez que tengo que hacer la
crónica de cierre de un viaje me cuesta más… Y es que supone reconocer y
aceptar que este capítulo de mi vida ha terminado. Compartirlo con los demás
requiere la separación y, cada vez, el apego es más fuerte…
Ya hace casi un mes que he vuelto
a la rutina diaria y a la normalidad laboral y, con los tiempos que corren en
este país, se puede decir que es una gran suerte!
Han sido finalmente 15 días de
pedaleo, 1400kms rodados entre Croacia, Eslovenia, Italia y Suiza, y más de 30000 metros de
desnivel acumulado. Hemos ascendido 24 puertos, entre ellos, 14 de más de 2000 metros. Reto
conseguido!
Además, hemos sido afortunados de
gozar de la compañía del dios Ra casi todos los días. El viaje ha resultado tan
maravilloso por el tiempo que hemos tenido que nos ha permitido disfrutar al
máximo de la ruta… Algo me dice que no se podrá repetir. Podemos volver a
tierras alpinas, podemos volver a subir incluso los mismos puertos, pero no
será lo mismo… Quiero guardar en el recuerdo esos bellos parajes y esta
experiencia.
Lo que engancha de esta forma de
viajar es, entre otras cosas, la sensación de libertad. Tu con tu bici. Tu
decides. Dónde vas, cuándo te paras, cuándo sigues, cuándo comes… Solo mandas
tu, siempre que la madre naturaleza te lo permita. Ésta manda por encima de
todo…Pero, por desgracia, solo te das cuenta cuando te lo hace saber…
El otro día mi pareja me
preguntaba qué puerto me había parecido el más duro y, al buscar mi respuesta lo
comprendí todo… No era el más alto, o el más largo, o el de más desnivel… Fue,
precisamente, un puerto “corto” y con poco desnivel. Aunque hay que decir que
eso de corto y poco desnivel, tratándose de los Alpes Italianos, es también muy
relativo... Dices tu de puertos!
Lo que pasaba es que mi amiga
menstruación se había propuesto darme la murga ese día y lo consiguió, la muy
jodida! Cuando llegamos al siguiente pueblo después de ese relativo
“minipuerto”, no serían más tarde de las cuatro. Nos instalamos en un hotel, ni
pensamientos de camping. Me sentía como si hubiera subido el Everest y bajando
me hubiera pasado una apisonadora por encima. Así que me tomé mi antídoto:
Ibuprofeno, me tumbé en la cama y me
dormí automáticamente. Me desperté al cabo de casi dos horas de sueño reparador.
Entonces me di cuenta que todavía llevaba el culotte puesto y que, ni siquiera,
me había quitado el chubasquero. Por suerte, la madre naturaleza decidió darme
un poquito de tregua y me recuperé bien, así que pudimos pedalear al día
siguiente, sin problemas.
Cuando haces un viaje por el
mundo, este nunca es perfecto, pero eso es, precisamente, lo que lo hace
perfecto. Como dice una canción de Antonio Orozco, “Perfecto es incompleto”. Y
yo digo imperfecto es perfecto. Porque te enseña a aceptar las cosas como te
vienen, a improvisar y a buscar soluciones sobre la marcha. Y eso es lo que
enriquece tu vida.
