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| Cantabria infinita |
Buscando por internet, he encontrado la siguiente definición:
Significado de "cabezota":
Persona tozuda, terca, obstinada, que persevera manteniéndose en su respuesta o decisión; porfiando con terquedad y pertinacia, sin dejarse convencer por las razones, ruegos y amonestaciones razonables, ni por los obstáculos o dificultades que se presenten. Sinónimo: Cabezón/a.
No se me ocurre mejor manera de explicar porqué me planteo por cuarta vez presentarme a la prueba de Btt más dura que conozco: Los 10000 del Soplao que, casualidad o no, se organiza en un pequeño pueblo cántabro llamado Cabezón de la Sal. Y más aún teniendo en cuenta que, durante la semana previa, las noticias meteorológicas eran incluso peores que las de el año anterior: lluvia, frío e incluso nieve en cotas bajas y temperaturas cercanas a cero grados. Sabíamos que si así era, no nos la ibamos a jugar, pero como la esperanza es lo último que se pierde, allá que fuimos.
Llegamos viernes por la tarde, con tiempo suficiente de instalarnos, coger los dorsales, ir a cenar tranquilamente y dar un paseo por el pueblo para contagiarnos del ambiente único que se vive entre más de 3000 bikers. Durante el trayecto en coche, nos había diluviado, sobretodo quan atravesábamos tierras vascas, pero ahora, en Cantabria, a pesar de que el cielo estaba muy nublado, no llovía.
Llegamos viernes por la tarde, con tiempo suficiente de instalarnos, coger los dorsales, ir a cenar tranquilamente y dar un paseo por el pueblo para contagiarnos del ambiente único que se vive entre más de 3000 bikers. Durante el trayecto en coche, nos había diluviado, sobretodo quan atravesábamos tierras vascas, pero ahora, en Cantabria, a pesar de que el cielo estaba muy nublado, no llovía.
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| Dos licenciados en "Sadociclismo" preparados para sufrir |
El sábado, puntualmente a las ocho, la bestial guitarra eléctrica de Thunderstruck retumba por las calles de todo el pueblo, dando comienzo al gran reto.
Este año, además, mi pareja y yo habíamos decidido que cada uno iría a nuestro ritmo, cosa que suponía un desafío todavía mayor. Debía enfrentarme al infierno cántabro sin mi mejor apoyo, yo sola... Quizá por eso, tan solo unos minutos antes, en el desayuno me había sentido tan pequeña. ¿Qué hago yo aquí? ¿Quien me mandaría meterme en este berenjenal? En silencio con los cereales, mi cara era un cuadro... Con tantas dudas, a punto estuve de volverme a la cama. Pero aunque el día había amanecido igual de nublado como el anterior, no llovía y no tenía excusa. Al menos, debía intentarlo.
El arco de salida estaba, como cada año, a rebosar de público haciendo fotos, grabando, gritando, aplaudiendo y animando. Personalmente, creo que es lo que hace esta prueba tan grande. Con la piel de gallina, Miguel y yo nos cogemos de la mano, nos deseamos suerte y, cómo no, suelto alguna lagrimilla... Ya no hay marcha atrás.
Pronto le pierdo de vista y cojo mi ritmo diesel, que esto es muy largo. Sé que voy preparada físicamente, pero la experiencia me dice que lo más importante es la mente y, por eso, decido llenarme de pensamientos positivos. Qué bien que ya ha pasado una hora y no llueve. Qué bien que ya han pasado dos. Qué bien que subo esto o aquello. Qué bien que este calzado no me provoca llagas en los pies. Qué bien que baja mi bici doble... Y así, con el qué bien va y el qué bien viene, fueron pasando las horas, los puertos y los kilómetros...
Llegamos al tramo nuevo de la trialera de Correpoco en la que tengo que poner pie a tierra y empujar la bici, que pesa un quintal, porque queda literalmente sumergida en el barro. Aún así, ya con bastante cansancio, mantengo el ánimo porque sé que solo me queda el último puerto: Negreo.
Pero las cosas se tuercen cuando después de una bajada, varios bikers señalan la siguiente montaña en la que puedo divisar en lo alto las luces de un 4x4 de la organización que sube un cuestón con dificultad... ¿Eso tenemos que subir? ¿Se han vuelto locos? Pero intento meter en mi mente el "Siempre es menos de lo que parece" y el "Ya casi lo tengo" para invertir la situación. Me convenzo de que tengo que subir como sea y espavilando porque se va a hacer de noche.
Las primeras rampas de Negreo son hormigonadas. Las hago en lo alto de la bici, pero son muy largas y casi no tienen descanso. Esta vez, para mi pesar, sí que era lo que parecía. Miro a mi alrededor y veo que la gente está pateando, así que voy a hacer lo mismo. Aprovecho el parón para sacar el móvil e informar de mi posición a Miguel, que seguro que lleva rato en meta, le digo que todo va bien y que voy a llegar. Lo que pasa es que no sabía lo que se avecinaba...
Al guardar el teléfono, compruebo que la pantalla se está mojando. Empieza a chispear... El terreno es pronunciadísimo y, en ocasiones, muy rocoso. Aquí es cuando me acuerdo de Cantabria infinita porque el jodido puerto parece que no termina nunca. Casi arriba, varios ciclistas paran a poner la luz. Yo estoy en un punto en que ya no pienso, solo copio. Así que paro yo también y me pongo la luz. La dificultad de mover las manos me indica que la temperatura ha bajado considerablemente y está anocheciendo muy rápido.
El último kilómetro del puerto ya es completamente de noche pero tiene un desnivel más tendido e, igual que el resto de compañeros que me rodean, me subo a la bici para pedalear. La lluvia cada vez es más intensa. Lo mejor de todo es que llevo el chubasquero en la mochila, pero queda tan poco... Además, si paro a ponérmelo, pierdo este grupo y pillo todavía más frío. Decido no parar. En estas, que un ciclista sin luz me dice que va conmigo porque no ve un pimiento... ¡Faltaría más! ¡Estamos todos igual, pasando las de Caín! Por fin, parece que el puerto empieza a bajar y que la pesadilla va a terminar pronto... pero no... Aún no sé como, pero resulta que he pinchado...

Llegados a este punto, calada hasta los huesos, congelada, agotada, cayendo el diluvio universal y de noche, como era de prever, los pensamientos positivos se me habían diluido en agua y empezaron a salir lagartos y serpientes de mi boca. Hablando en plata, me cagué en todo lo que se meneaba cien veces... Llevaba todo el kit para cambiar la cámara y también he practicado para poder ser, más o menos autosuficiente, pero no en aquellas condiciones... Reconozco que no puedo hacer andando los 20 malditos kilómetros que me quedan. La cosa se está complicando demasiado... Pero el chico sin luz, que me ve tan apurada, decide ayudarme a cambiar la cámara y, entre los dos, conseguimos hacer un apaño para poder continuar. Le digo que me ha salvado y nos presentamos. Se llama Oscar.
A partir de entonces, no puedo pensar en nada más que en llegar, llegar, llegar... Seguimos bajando pero hay que ir con mucho cuidado porque la zona está muy embarrada a causa de la lluvia que no para. Por fin llegamos a la carretera, donde hay un coche de Protección civil y una Ambulancia. Nos dicen que nos tenemos que esperar porque nos están reagrupando. Llevo solo un minuto parada y empiezo a sentir tanto frío... "¡No podemos estar quietos mucho rato, que nos congelamos!" Protesto gritando. A mi queja, se une más gente y, decido empezar a mover mi bici, dispuesta a cruzar la carretera, sin esperar su permiso. Pero no fue necesario porque, comprendiendo la situación, enseguida nos dieron vía libre para continuar.
La llegada a meta fue apoteósica. Conseguí recordar que quería tocarme el pecho... Los que me leeis y me conoceis sabeis porqué... Así lo hice. Después cerré el puño, alcé el brazo y grité lo más fuerte que pude. Se me acabó la voz. Cogí aire de nuevo y lancé un segundo e imponente grito.. Miguel, me esperaba en meta con el paraguas. Estaba empapada pero me abrazó y con su calor empecé a sollozar... Por fin, había terminado todo el sufrimiento pero la recompensa final y personal le dio sentido. Ha merecido la pena.
El infierno cántabro este año no ha podido con nosotros.
Este año, además, mi pareja y yo habíamos decidido que cada uno iría a nuestro ritmo, cosa que suponía un desafío todavía mayor. Debía enfrentarme al infierno cántabro sin mi mejor apoyo, yo sola... Quizá por eso, tan solo unos minutos antes, en el desayuno me había sentido tan pequeña. ¿Qué hago yo aquí? ¿Quien me mandaría meterme en este berenjenal? En silencio con los cereales, mi cara era un cuadro... Con tantas dudas, a punto estuve de volverme a la cama. Pero aunque el día había amanecido igual de nublado como el anterior, no llovía y no tenía excusa. Al menos, debía intentarlo.
El arco de salida estaba, como cada año, a rebosar de público haciendo fotos, grabando, gritando, aplaudiendo y animando. Personalmente, creo que es lo que hace esta prueba tan grande. Con la piel de gallina, Miguel y yo nos cogemos de la mano, nos deseamos suerte y, cómo no, suelto alguna lagrimilla... Ya no hay marcha atrás.
Pronto le pierdo de vista y cojo mi ritmo diesel, que esto es muy largo. Sé que voy preparada físicamente, pero la experiencia me dice que lo más importante es la mente y, por eso, decido llenarme de pensamientos positivos. Qué bien que ya ha pasado una hora y no llueve. Qué bien que ya han pasado dos. Qué bien que subo esto o aquello. Qué bien que este calzado no me provoca llagas en los pies. Qué bien que baja mi bici doble... Y así, con el qué bien va y el qué bien viene, fueron pasando las horas, los puertos y los kilómetros...
Llegamos al tramo nuevo de la trialera de Correpoco en la que tengo que poner pie a tierra y empujar la bici, que pesa un quintal, porque queda literalmente sumergida en el barro. Aún así, ya con bastante cansancio, mantengo el ánimo porque sé que solo me queda el último puerto: Negreo.
Pero las cosas se tuercen cuando después de una bajada, varios bikers señalan la siguiente montaña en la que puedo divisar en lo alto las luces de un 4x4 de la organización que sube un cuestón con dificultad... ¿Eso tenemos que subir? ¿Se han vuelto locos? Pero intento meter en mi mente el "Siempre es menos de lo que parece" y el "Ya casi lo tengo" para invertir la situación. Me convenzo de que tengo que subir como sea y espavilando porque se va a hacer de noche.
Las primeras rampas de Negreo son hormigonadas. Las hago en lo alto de la bici, pero son muy largas y casi no tienen descanso. Esta vez, para mi pesar, sí que era lo que parecía. Miro a mi alrededor y veo que la gente está pateando, así que voy a hacer lo mismo. Aprovecho el parón para sacar el móvil e informar de mi posición a Miguel, que seguro que lleva rato en meta, le digo que todo va bien y que voy a llegar. Lo que pasa es que no sabía lo que se avecinaba...
Al guardar el teléfono, compruebo que la pantalla se está mojando. Empieza a chispear... El terreno es pronunciadísimo y, en ocasiones, muy rocoso. Aquí es cuando me acuerdo de Cantabria infinita porque el jodido puerto parece que no termina nunca. Casi arriba, varios ciclistas paran a poner la luz. Yo estoy en un punto en que ya no pienso, solo copio. Así que paro yo también y me pongo la luz. La dificultad de mover las manos me indica que la temperatura ha bajado considerablemente y está anocheciendo muy rápido.
El último kilómetro del puerto ya es completamente de noche pero tiene un desnivel más tendido e, igual que el resto de compañeros que me rodean, me subo a la bici para pedalear. La lluvia cada vez es más intensa. Lo mejor de todo es que llevo el chubasquero en la mochila, pero queda tan poco... Además, si paro a ponérmelo, pierdo este grupo y pillo todavía más frío. Decido no parar. En estas, que un ciclista sin luz me dice que va conmigo porque no ve un pimiento... ¡Faltaría más! ¡Estamos todos igual, pasando las de Caín! Por fin, parece que el puerto empieza a bajar y que la pesadilla va a terminar pronto... pero no... Aún no sé como, pero resulta que he pinchado...

Llegados a este punto, calada hasta los huesos, congelada, agotada, cayendo el diluvio universal y de noche, como era de prever, los pensamientos positivos se me habían diluido en agua y empezaron a salir lagartos y serpientes de mi boca. Hablando en plata, me cagué en todo lo que se meneaba cien veces... Llevaba todo el kit para cambiar la cámara y también he practicado para poder ser, más o menos autosuficiente, pero no en aquellas condiciones... Reconozco que no puedo hacer andando los 20 malditos kilómetros que me quedan. La cosa se está complicando demasiado... Pero el chico sin luz, que me ve tan apurada, decide ayudarme a cambiar la cámara y, entre los dos, conseguimos hacer un apaño para poder continuar. Le digo que me ha salvado y nos presentamos. Se llama Oscar.
A partir de entonces, no puedo pensar en nada más que en llegar, llegar, llegar... Seguimos bajando pero hay que ir con mucho cuidado porque la zona está muy embarrada a causa de la lluvia que no para. Por fin llegamos a la carretera, donde hay un coche de Protección civil y una Ambulancia. Nos dicen que nos tenemos que esperar porque nos están reagrupando. Llevo solo un minuto parada y empiezo a sentir tanto frío... "¡No podemos estar quietos mucho rato, que nos congelamos!" Protesto gritando. A mi queja, se une más gente y, decido empezar a mover mi bici, dispuesta a cruzar la carretera, sin esperar su permiso. Pero no fue necesario porque, comprendiendo la situación, enseguida nos dieron vía libre para continuar.
La llegada a meta fue apoteósica. Conseguí recordar que quería tocarme el pecho... Los que me leeis y me conoceis sabeis porqué... Así lo hice. Después cerré el puño, alcé el brazo y grité lo más fuerte que pude. Se me acabó la voz. Cogí aire de nuevo y lancé un segundo e imponente grito.. Miguel, me esperaba en meta con el paraguas. Estaba empapada pero me abrazó y con su calor empecé a sollozar... Por fin, había terminado todo el sufrimiento pero la recompensa final y personal le dio sentido. Ha merecido la pena.
El infierno cántabro este año no ha podido con nosotros.








